Mario Pavez 2016

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Del 21 de abril al 17 de mayo de 2016

 

 

Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer

Roberto Bolaño

 

 

 

MARIO PAVEZ O EL TEATRO DEL MUNDO

Mario Pavez (Santiago de Chile, 1974) se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Chile en 2001. Dos años más tarde obtiene una beca de postgrado de la Fundación Arte y Autores Contemporáneos de Madrid. En 2005 cursa un Master en Teoría y Práctica de las Artes Plásticas Contemporáneas, en la Universidad Complutense, y posteriormente realiza sus estudios de doctorado en la misma.

Al cursar los estudios de Bellas Artes en Santiago de Chile ya pone de manifiesto la certeza del artista por los caminos que estaba dispuesto a transitar, es imprescindible reconocer su vinculación con la fotografía, ya que su progenitor es fotógrafo en su país natal y Mario Pavez, al margen de su interés por el mundo y la técnica fotográfica, también hizo de esa profesión en sus aspectos más prosaicos, una manera de ganarse el sustento.

Resulta curioso observar en los cuadros de un creador contemporáneo las referencias a los maestros antiguos, desde Rembrandt a Rubens, pasando por Caravaggio, Jacob Jordaens, algunos de los pintores de la dinastía de los Teniers o El Españoleto, además de hallar concomitancias con los ámbitos teatrales y cinematográficos que le entroncan con autores como Buñuel o las películas del neorrealismo italiano que marcan algunas de las composiciones de Pavez, que podrían semejar encuadres cinematográficos y, naturalmente, personajes de algunos de esos filmes.

Sé, por sus propias palabras, que actualmente dibuja poco en el entramado iniciático de sus pinturas, pero me atrevo a afirmar que estamos ante la obra de un notable dibujante, de fundamentada ejecución y equilibrio, inmerso en una dicción realista de interesantes cualidades pictóricas y cuya fidelidad a la reproducción del modelo, pertrechado también de connotaciones psicológicas, no elimina la emoción que transmiten algunos de estos arquetipos individuales plasmados al óleo.

Los ambientes urbanos de las pinturas de Pavez nos trasladan a cafés cantantes, cabarets y otros lugares donde, con la apariencia de la sofisticación, se pueden producir imágenes de una cierta estética “canalla” y erotómana. Igualmente, hallaremos referencias subvertidas a los pintores del siglo XIX, Moreno Carbonero, o anteriores como Jacob Jordaens, sin renunciar por ello a lo ordinario, lo cotidiano, porque lo que trata de evitar el pintor chileno es el excesivo refinamiento de sus antecesores. “Los realistas a veces somos víctimas del buen gusto”, afirma Pavez,  que manifiesta “tener un interés profundo por las personas” y precisa ponerles caras y ojos a los protagonistas de sus lienzos que pueden pasar por seres anónimos para el gran público, aunque él necesite conocer a la gente que pinta. Incluye en sus obras como temáticas reincidentes el teatro, lo absurdo, citando a Parracio, una cortina que al descorrerse nos descubre un mundo oculto tras una transparencia apenas entrevista. Construir una imagen convierte al pintor en un director de orquesta que va situando la sinfonía compositiva de acuerdo a sus parámetros tanto en el color como en las masas que emplea.

Si hablamos del periodo en que vivimos, lo que se ha denominado la postmodernidad, y donde coexiste la técnica puesta al servicio de las ideas junto a una nueva poética que sobrepasa los movimientos del siglo XX. Cuando el arte no acepta el nuevo alfabeto siempre se encuentra un lugar para la ocurrencia que a veces se confunde con la avanzadilla del porvenir, y no con la pseudofilosofía  “del todo vale”.

La utopía del individualismo ha sustituido, en las primeras décadas del siglo XXI, a la de la solidaridad, porque hemos dado el paso del nosotros hasta el yo. Y ahora, en el ámbito de la creación plástica, toma conciencia una nueva manera de mirar, una relectura de los viejos iconos e igualmente un redescubrimiento simbólico de antiguos materiales utilizados por los artistas de otras épocas, transitando por un camino distinto aunque empleemos los mismos pies para desplazarnos.

Para situar las composiciones de Pavez en el ámbito histórico recordaré que su vinculación con Caravaggio le viene dada por el tratamiento expresivo de la luz, el gusto por los modelos populares y las composiciones con los cuerpos en un primer término, además de manifestarse a través del realismo más absoluto, preocupándose de lo humano, material e inmediato,  definiéndose como preclaro defensor del hedonismo y del abierto carácter erótico de estos cuadros desinhibidos que ofrecen nuevas versiones de lo pasional. También como el maestro italiano, Mario Pavez trabaja la mayoría de las veces directamente sobre el lienzo, dejando de lado los esbozos y los dibujos preparatorios.

Su obra se inserta asimismo en la estela de Jacob Jordaens (Amberes, 1593-1678), turbulento y desapacible, destacando, al igual que Pavez, su imaginación y versatilidad en cuanto a diseño y colorido. Las características que comparten sus grandes cuadros costumbristas son las composiciones abigarradas de violento cromatismo, formas expresivas y sensualidad exultante, organizadas con espesos empastes, fuertes contrastes de luz y sombra y un colorido a menudo bastante fantástico. En el caso del flamenco sus enormes pinturas costumbristas tratan de modo hagiográfico el tema de la borrachera exagerando los tonos. El chileno otorga en cambio una presencia significativa a mujeres que no ocultan sus encantos y que parecen ser parte de la decoración de antros en los que el artista seguramente encontró inspiración en el Chile natal de su juventud, porque el encuadre de algunas de estas composiciones, de marcado sentido fotográfico, habrían activado la memoria del tiempo pasado en que si no fue feliz se aproximó a esa posibilidad.

Normalmente los cuadros son elaborados tras innumerables sesiones fotográficas con los modelos posando “in situ”, más parecería que el artista está observando la imagen por el rabillo de la cerradura, como un “voyeur” que es capaz de sorprender los más nimios detalles de las personas que protagonizan sus composiciones, quienes se manifiestan con naturalidad como si el artista no estuviese físicamente en la misma estancia.

Pavez necesita formatos medios y grandes para expresarse porque muchas de sus obras están resueltas como secuencias narrativas, casi fotogramas. No trata de explicarse a través de una foto fija sino de un discurso que tiene un desarrollo proyectable más allá del soporte y siempre explicado en primera persona, ya que aunque el artista no sea el protagonista físico de los cuadros, sus vivencias están reflejadas en estas composiciones teatralizadas que consiguen con su gama temática y cromática los tonos y las circunstancias de una generación, la chilena (y por extensión latinoamericana), paralela a la generación española más internacional que tuvo su cuna en ese Madrid cantado por Pablo Neruda: “me gustaba Madrid / Y ya no puedo verlo.”

Aunque hay sin duda una intensa poética en estas obras de Pavez, quizá lo más inmediato sea la prosa descarnada con que el artista reconoce su inspiración en el infrarrealismo de Roberto Bolaño, que marcó con algunas páginas de Los detectives salvajes las composiciones de Pavez, sobre todo aquellas en las que palpitan la carne y los deseos más recónditos de los seres humanos, esos con los que se cumple en la penumbra de los lugares en los que se trata de conquistar los huecos prohibidos.

El protagonismo de personajes genialmente definidos por una enorme riqueza de rasgos que les hace inconfundibles y adjetivables de manera personalísima, muy propio de Bolaño, resulta también rastreable en uno de los cuadros de la exposición, el titulado Bodegón con pollo en una acrobática definición, de solución plástica atrevida y con significativa llamada a las pasiones de la carne (y no me refiero al ave que será degustada por los comensales).

Pero si buscamos más conexión vital con Bolaño, del que Pavez es lector empedernido, quizá nos topemos con su correlación poético-plástica si tomamos como referencia el último párrafo de la obra Amuleto que finaliza así: “Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer”.

La influencia de la literatura de diversa calidad es una constante que nos hace pensar en la sugerencia de Gustave Flaubert: “sé ordenado en tu vida para poder ser violento y original en tu trabajo”. El pintor chileno quiere ser personal en su creación y mantiene sin embargo una biografía que le aleja de la lucha por la vida soterrada que aflora en su arte, donde se permite un diálogo con las pasiones pero también una vertiente burguesa que le lleva a realizar retratos por encargo para colecciones privadas y públicas.

Saramago y Cézanne son otros dos artistas que manejan su propia teoría sobre el magma en el que se disuelven. El Premio Nobel portugués asegura que “el caos es un orden aún por descifrar”, mientras que el más moderno de los pintores del siglo XIX también tiene un conjunto de cuadros a caballo entre el erotismo y lo melodramático, por ejemplo el titulado “Orgía” en 1867 y en especial la “Moderna Olimpia” (1874) quizá la más extraordinaria de sus fantasías lúbricas que recibió la condena unánime de críticos y público. Él manifestaba “vivir en un arco iris de caos”.

Hay un punto de perversión en estas telas de Pavez que proyectan una singular teatralización en estas composiciones que no renuncian a lo que podríamos denominar el desorden latinoamericano, una historia que se nutre de la magia autóctona y de las raíces españolas.

Las líneas oblongas del Barroco son las preferidas, pues son las que anudan a las formas, presentándolas, sin embargo, con una movilidad que se refleja en los perfiles elípticos de los miembros arquitectónicos, y toda esa proyección de la curva, que es un reflejo de lo femenino, adquiere protagonismo indubitable en los cuadros de Pavez, si bien en el caso del pintor chileno incardinado dentro de una realidad de carácter narrativo, preocupándose de lo humano, material e inmediato, laborando directamente sobre el soporte. Mario Pavez no renuncia ni al exceso ni a la narratividad.

Los retratos de Pavez manifiestan que todo el mundo se parece, lo que quizás debamos entender como una excusa para asegurar que cualquier personaje o situación es pintable. Están presentes en esta muestra los de diferentes personas: un  pescadero, una periodista, una chica joven, el galerista que dirige la sala donde expone y un autorretrato, que son plasmados con algunos de los elementos que sirven para identificar sus oficios, en el caso de la periodista con una libreta de notas en la mano, mientras el pescadero aparece con un cuchillo. Los pinta en perspectiva frontal desafiando al espectador con miradas profundas y una pose sencilla, nada rebuscada, conjugando los elementos que les hacen identificables con una mirada psicológica que trata de penetrar en los rasgos únicos de sus personalidades.

Otro de sus óleos, Orla nocturna, exhibe un grupo de vasos y manos que circundan a la protagonista formando una guirnalda que quiere destacar enmarcando una belleza de vestal clásica y al mismo tiempo de mujer del siglo XXI que concita la admiración de sus contemporáneos.

Mesa con melocotón en almíbar, de formato circular, nos recuerda a una mirilla y la idea del “voyeur”, la persona que desvela con su ojo una realidad situada más allá de su cercanía y que además actúa sin ser visto. En esta obra trabaja pictóricamente con distintos planos, situando la acción en el segundo plano y dotando de singular importancia a la naturaleza muerta del primero, que es una traslación de la obra de Pieter Aertsen y que también coincide, en la dinámica temática y compositiva, con otros flamencos que exploraron este tipo de composiciones.

Santo Tomás se inspira en la obra de Caravaggio La duda de Santo Tomás, cuando el apóstol duda de la herida de Cristo en el costado y para que la confirme el Mesías le sugiere que meta su mano en el hueco dejado por la lanzada cuando fue crucificado. Pavez aprovecha la composición, con mucho movimiento, y traslada el claroscuro al espacio urbano contemporáneo, aunque eliminando la intención evangelizadora e ignorando el contenido religioso. La duda es en este caso banal y laica.

Lady Pulpa recuerda muchas de las composiciones de mesas bíblicas, intentando con una composición barroca exagerar las expresiones utilizando los rostros extasiados, que incluye la calavera (vanitas) dentro de un bodegón barroco y flamenco, con el tradicional limón y otro tipo de frutos que protagonizan esas naturalezas, aportando la contemporaneidad de la vestimenta de los personajes con lo que somos transportados a la actualidad

El beso de Judas de Caravaggio es el antecedente del Judas de Mario Pávez, al que incorpora humo como en fotogramas de películas de los ochenta,  y con una iluminación de colores en el fondo para realzar las diferentes atmósferas, con personajes distintos, a la búsqueda del movimiento.

En la pintura Fumadora en una taberna utiliza una juerga para componer con diferentes planos y crear profundidad, basándose en algunas composiciones costumbristas de taberna de David Teniers, donde destacan sus equilibrados juegos de luces y sombras, así como lo armónico del cromatismo y la composición. En el caso de Pavez se produce una sucesión de planos resueltos como secuencias cinematográficas aprovechando las características típicas del mirón.

Quizás con menos referencias literarias y fílmicas es el Club Popular, donde el pintor captura una imagen de espacios nocturnos urbanos en uno de sus múltiples recorridos por el Madrid nocturno, donde coexiste lo canalla y lo clasista, a la búsqueda de lugares y localizaciones para sus cuadros, siempre atravesados por  el fragor de la vida.

Estas obras que se asoman a la sensibilidad de los espectadores y que tratan de confluir en sus miradas, no son parte de los versos de La vida es sueño de Calderón de la Barca, sino que proyectan la vida gozosa en varios fotogramas del pequeño teatro del mundo de Mario Pavez puesto en imágenes para recordar las historias de mujeres y hombres que no saben que tienen que morirse, y mientras aprenden que Caronte les aguarda desde su primer llanto, nos convocan al disfrute de la existencia con la pasión como espacio por el que transitar durante los más hermosos crepúsculos.

 

Carlos GARCIA-OSUNA
Editor de las revistas “Tendencias del Mercado del Arte” y “Coleccionar Arte Contemporáneo”.

   

 

Selección de obra de la exposición Mario Pavez 2016

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